Para vivir no hace falta sólo con nacer. También es necesario sentir.
Y hay personas a las que desde su más tierna infancia, les es negado sentir el calor de los afectos, la ternura de los abrazos y la dulzura de los besos maternos.
Eso le pasó a Ella, como a la Tierra. Una vez creada fue abandonada a su destino. Los elementos la formaron poco a poco, modelaron su interior y su exterior con rudeza, marcándola con el fuego, el aire, las fuerzas incontrolables del movimiento las placas, el agua y las piedras fundidas.
Ella se curtío en la soledad acompañada, en el frío de un invierno eterno, sin saber que fuera comenzaba una tibia primavera.
Tras eones de soldad, negrura y silencios, un tímido rayo de luz pudo atravesar el cielo plomizo que la rodeaba.
Su piel notó, por primera vez, el templado toque amarillento de un amanecer cargado de esperanzas.
Lo siguente que sintió sucedió en el tercer día.