
Entoces volvió a saber de oscuridades, de inseguridades, de miedos.
La cabaña que se había construido al final del cuarto día, con tanta ilusión, con tanto amor, fue presa del tiempo. Las tormentas, el frío y el calor la fueron destruyendo poco a poco. El quinto día fue muy largo. Y terminó cuando una marejada arribó a su playa y arrastró con sus aguas los restos de la cabaña. Restos que quedaron flotando en el mar, a la deriva. Esperando que alguien los reconstruyera, que a algún náufrago, en otra isla, le sirviesen de algo.
Dolía ver tanto trababajo, tiempo y esfuerzo flotando en las azules aguas salinas. Dolia no poder recomponer lo amado durante tanto tiempo. Pero en el horizonte se divisaba una nueva isla. Una isla por explorar, llena de posibilidades, de luz, de palmeras cargadas de esperanzas.
El quinto día comenzó mal, pero terminó en un camino que parecía llevarla a la felicidad, esa cosa de la que conocía tan poco y de la que esperaba tanto...
El sexto día, pensó, podía ser el primero del resto de sus días...