miércoles, 9 de septiembre de 2009

quinto día


Entoces volvió a saber de oscuridades, de inseguridades, de miedos.

La cabaña que se había construido al final del cuarto día, con tanta ilusión, con tanto amor, fue presa del tiempo. Las tormentas, el frío y el calor la fueron destruyendo poco a poco. El quinto día fue muy largo. Y terminó cuando una marejada arribó a su playa y arrastró con sus aguas los restos de la cabaña. Restos que quedaron flotando en el mar, a la deriva. Esperando que alguien los reconstruyera, que a algún náufrago, en otra isla, le sirviesen de algo.

Dolía ver tanto trababajo, tiempo y esfuerzo flotando en las azules aguas salinas. Dolia no poder recomponer lo amado durante tanto tiempo. Pero en el horizonte se divisaba una nueva isla. Una isla por explorar, llena de posibilidades, de luz, de palmeras cargadas de esperanzas.

El quinto día comenzó mal, pero terminó en un camino que parecía llevarla a la felicidad, esa cosa de la que conocía tan poco y de la que esperaba tanto...

El sexto día, pensó, podía ser el primero del resto de sus días...

domingo, 26 de julio de 2009

Quinto día


Mientras que la Tierra se enfriaba y tomaba su forma actual, ella conocía los placeres ocultos y la belleza de las cosas. La costra se resquebrajó, lentamente, dejando fluir esencias de vida. Aprendio que sí había amores incondicionales, que la caricia sabía a caricia y que los ojos podían ver más allá de la realidad si los cerraba con fuerza.

Y en su corazón una luciérnaga se mecía en las noches de verano, iluminando ese rincón oscuro y tenebroso con un amarillento amanecer.

Pareciera que se iba reconciliando con la vida y su creador. Pero las tormentas del verano son violentas y fulminantes. Los fuegos pavorosos y destructores. Después de tanta belleza, de tanto fluir, un terrible huracán agitó su pequeño cuerpo. El viento la bamboleó como brizna de pradera y la arrojó al borde del barranco, agotada en su lucha por aferrarse a lo que creía que era su única realidad.

El quinto día fue hermoso, largo y fructífero. Pero cuando cayeron las luces y llego su noche, un inmenso tunel oscuro la dirigió hacia el sexto día. Un preludio del infierno, un aviso del desastre final.

sábado, 3 de enero de 2009

Cuarto día


En el cuarto día salió de su caparazón. El mundo se mostraba ante ella enorme, sin límites.

Aprendió a moverse por su corteza con pasos cortos e inseguros. Descubrió a otros como ella, que comenzaban a descubrir el mundo. Pero la crueldad la atacó de nuevo. No estaba preparada, nunca lo había estado, para recibir la lluvia y el sol, las risas y los llantos, el amor y el odio.

Tode era una novedad, pero no sabía separar la paja del grano. Y así comenzo a distinguir lo bueno de lo malo, pero siempre con miedo, siempre encerrada en su caparazón. No entendía lo que sucedía a su alrededor y mantuvo la postura todo lo que pudo.

Fue aprendiendo a que no le doliera lo que desconocía y a vivir despacio, pero sin implicarse demasiado.

En cada golpe que recibía buscaba una caricia y de cada caricia temía un golpe.

En aquel cuarto día, tan largo y doloroso como el tercero, conoció de sí misma sus miedos y sus inseguridades. Puso en práctica lo que tan bien le habían enseñado, a ocultarse para que no la dañaran.

Pero se confundió. No supo ver que las cosas podían ser de otra forma. Que a veces la querían de verdad. Que no todo era apariencia.

Al final del día descubrió el amor. Pero no supo manejarlo. No sabía lo que era.

En conocerlo se le fue el final del cuarto día.

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Maestra de vocación vieja. Lectora impertinente. Solitaria por voluntad. Madre amantísima. Ansiosa por saber.