sábado, 3 de enero de 2009

Cuarto día


En el cuarto día salió de su caparazón. El mundo se mostraba ante ella enorme, sin límites.

Aprendió a moverse por su corteza con pasos cortos e inseguros. Descubrió a otros como ella, que comenzaban a descubrir el mundo. Pero la crueldad la atacó de nuevo. No estaba preparada, nunca lo había estado, para recibir la lluvia y el sol, las risas y los llantos, el amor y el odio.

Tode era una novedad, pero no sabía separar la paja del grano. Y así comenzo a distinguir lo bueno de lo malo, pero siempre con miedo, siempre encerrada en su caparazón. No entendía lo que sucedía a su alrededor y mantuvo la postura todo lo que pudo.

Fue aprendiendo a que no le doliera lo que desconocía y a vivir despacio, pero sin implicarse demasiado.

En cada golpe que recibía buscaba una caricia y de cada caricia temía un golpe.

En aquel cuarto día, tan largo y doloroso como el tercero, conoció de sí misma sus miedos y sus inseguridades. Puso en práctica lo que tan bien le habían enseñado, a ocultarse para que no la dañaran.

Pero se confundió. No supo ver que las cosas podían ser de otra forma. Que a veces la querían de verdad. Que no todo era apariencia.

Al final del día descubrió el amor. Pero no supo manejarlo. No sabía lo que era.

En conocerlo se le fue el final del cuarto día.

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Maestra de vocación vieja. Lectora impertinente. Solitaria por voluntad. Madre amantísima. Ansiosa por saber.