Mientras que la Tierra se enfriaba y tomaba su forma actual, ella conocía los placeres ocultos y la belleza de las cosas. La costra se resquebrajó, lentamente, dejando fluir esencias de vida. Aprendio que sí había amores incondicionales, que la caricia sabía a caricia y que los ojos podían ver más allá de la realidad si los cerraba con fuerza.
Y en su corazón una luciérnaga se mecía en las noches de verano, iluminando ese rincón oscuro y tenebroso con un amarillento amanecer.
Pareciera que se iba reconciliando con la vida y su creador. Pero las tormentas del verano son violentas y fulminantes. Los fuegos pavorosos y destructores. Después de tanta belleza, de tanto fluir, un terrible huracán agitó su pequeño cuerpo. El viento la bamboleó como brizna de pradera y la arrojó al borde del barranco, agotada en su lucha por aferrarse a lo que creía que era su única realidad.
El quinto día fue hermoso, largo y fructífero. Pero cuando cayeron las luces y llego su noche, un inmenso tunel oscuro la dirigió hacia el sexto día. Un preludio del infierno, un aviso del desastre final.
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